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Thursday, December 13, 2012

La Guadalupana



LA GUADALUPANA

Hace años escribí este artículo en honor de la Virgen de Guadalupe.  Se los vuelvo a traer en honor de la celebración de este día tan especial para nuestros hermanos mexicanos y para todos los devotos de la Virgen en el mundo. 

Corría el año 1531.  México aún enfrentaba los estragos y desconciertos creados por la conquista de su territorio por Hernán Cortés entre los años 1519 y 1521, cuando cayó la capital azteca de Tenochticlán.  Después de encerrar al rey Monteczuma en su palacio, y de repartirse las riquezas capturadas, Cortés dio órdenes para que las imágenes de los dioses aztecas fueran derribadas y que se sustituyeran por las cristianas.  También, se suprimieron los sacrificios humanos dedicados a aquellos.
Ya por ese entonces, en 1474, en Cuautitlán, señorío de origen chichimeca, cerca de la ciudad de México, había nacido el indio Cuauthtlatohuac (el que habla como águila).   El vivió durante la inauguración del templo de Tenochtitlán, en la que se cuenta que se sacrificaron 80,000 cautivos en honor a los dioses.  De repente participó, también, en las luchas bélicas de la conquista de los mayas por los aztecas.
En 1503, cuando este indio tenía 29 años, ascendió Montecuzma al trono de Tenochtitlán, y se produjeron cambios políticos importantes dentro del imperio.  Fue en el medio de los conflictos generados entre las tribus indígenas, que se presento Cortés; quien aprovechando de esta situación, consiguió aliados nativos, que se oponían al gobierno establecido, para la empresa de la conquista.  Las epidemias de viruela y sarampión, traídas por los españoles, contribuyeron a diezmar, aún más, a la población indígena.  
Con la conquista, vino la evangelización; la cual se encargó en México  a la orden Franciscana.  Ellos vinieron en 1525 y trataron de aprender el idioma de los pueblos, de comprender su cultura, y de ganar su confianza, enseñándoles oficios como carpintería, sastrería, tallado de altares, etc. Fundaron escuelas donde les enseñaron a leer y escribir en español y los instruyeron en la doctrina cristiana.
Fue así que el indio Cuauhtlatohuac, de 50 años de edad, recibió el sacramento del bautismo, junto con su esposa Malintzin, adoptando respectivamente, los nombres de Juan Diego y de Maria Lucía.
Un día, 9 de diciembre de 1531,  Juan Diego iba presuroso por el cerro de Tepeyac, a sus clases de catecismo, cuando oyó que alguien lo llamaba.  Al dirigirse a la cima de aquel, logró ver a una mujer joven muy bella, que le habló en su lengua nativa náhuatl, y que se identificó como Coatxalopeuh (que se pronuncia “quatsalupe”), y que significa “la que aplasta la serpiente”.   Más adelante, los españoles la llamarían “Guadalupe”, en honor a una milagrosa estatua de la Virgen que había sido encontrada años antes en un pueblo español de ese nombre. Le dijo que era la madre de Dios y que quería encargarle que fuese donde el Señor Obispo, Fray Juan de Zumárraga, y que le dijese que ella quería que en este lugar de la aparición, se construyese un templo en el cual se honrase a su hijo, y desde el cual ella protegería de todo mal a los pueblos de alrededor.  Juan Diego cumplió con lo encargado, pero el obispo no le creyó a pesar de sus insistencia en dos ocasiones, y le pidió que le trajese  una señal maravillosa, como prueba verídica de este pedido.
El 12 de diciembre de 1531, fecha en la que se celebra la festividad de la Virgen de Guadalupe, Juan Diego recibió noticias de la gravedad de su tío Bernardino y se dirigió donde él, desviando su camino para no encontrarse con la Señora.  Pero ésta se le apareció  y le dijo que perdiera cuidado porque su tío estaba curado desde ese momento. También ordenó a Juan Diego que recogiese unas rosas de castilla que misteriosamente estaban creciendo entre los pedregales inhóspitos del cerro y le ordenó que las envolviese en su poncho y las llevase adonde el obispo como prueba de su aparición, y que sólo las descubriese delante de él.    Al llegar ante él, y al abrir su humilde manto de ayate (tela de hilo de maguey), cayeron las rosas por el suelo y la imagen de la virgen quedó grabada sobre la tela.  El obispo, maravillado, cayó de rodillas arrepentido, y reconoció ante los allí presentes, la verdad de los hechos.  Era la imagen de una Virgen morena, vestida con una túnica blanca simple, amarrada a la cintura con una cinta negra, señal de gestación entre los indígenas.  Sobre sus hombros caía un suave manto salpicado de estrellas y su cabeza estaba ligeramente inclinada hacia abajo.  Estaba parada encima de una luna negra, señal del mal entre los mexicanos, y era sostenida por un ángel con alas de águila. Su cuerpo estaba rodeado por un aura que despedía rayos de luz intensos.
Juan Diego y unos testigos del obispo  fueron a visitar al tío Bernardino, al que encontraron en perfecto estado de salud y diciendo que había sido visitado y curado por la Señora, alrededor de la hora  que ella le había dicho a Juan Diego, que lo curaría. 
La ciudad entera se volcó a rendir culto a la imagen y el obispo autorizo la construcción de una ermita en el lugar de las apariciones.  Al morir su esposa, Juan Diego se mudó a un pequeño cuarto junto a la ermita, a donde vivió por el resto de sus días, hasta su muerte en 1548, cuidando de la imagen y recibiendo y dando ayuda a los fieles que allí acudían.
La  construcción de la “antigua basílica de Guadalupe” fue terminada en el año 1706.
Entre 1974 y 1976, debido a que los cimientos de aquella edificación comenzaron a hundirse, se construyó una nueva Basílica en su cercanía; trasladando la imagen de la Virgen a aquella.  En esta estructura, de forma circular de tres niveles, se pueden acomodar más de 50,000 fieles y  cuenta con varias capillas  y una cripta subterránea que contiene alrededor de 15,000 nichos.  Por sus puertas, pasan anualmente más de 4 millones de visitantes, que vienen de todas partes de México y del mundo.  Las muestras de devoción son impresionantes.  Muchos se acercan a la imagen de rodillas, desde el atrio de la catedral.  Llegan camiones cargados de peregrinos, muchos de los cuales celebran con sus bailes, danzas y discursos a la “Madre de las Américas”: La Guadalupana.  Sienten a la Virgen suya; es una virgen mestiza, como lo es gran parte del pueblo mexicano, y comparten con ella su cultura.
Mucho se ha hablado de la autenticidad de la imagen y de los hechos narrados.  En los inicios de la conquista sucede este hecho que mueve las fibras de invasores y conquistados.  Los esfuerzos evangelizadores son coronados por un hecho de tanta trascendencia,  por el cual, la Virgen, imagen de un catolicismo que se trata de imponer, se aparece a un humilde indio converso; quien seguramente mezcla, como en el caso de todos los demás indígenas, su cosmovisión original, con aquella religión impuesta.
Se produce, así, un sincretismo cultural”; un fenómeno llamado por Juan Pablo II, como de “inculturación”, por el cual los españoles y los indios se aceptan los unos a los otros e integran sus culturas; no con el afán de destruirse, sino de complementarse.  
Se han hecho muchos cuestionamientos acerca de la autenticidad de los hechos relatados, así como de la existencia  de Juan Diego. Se ha dicho que fue un ardid de los españoles para acelerar la  tarea de la evangelización.  En 1996, el propio párroco de la Basílica, Monseñor Guillermo Schlunberg, afirmó que Juan Diego era más un símbolo religioso que un personaje real.  Fue depuesto de su cargo y como consecuencia de esto, se formó una comisión histórica por la cual, en base  a varios documentos históricos, entre los que se encuentran el texto náhuatl del indio tepaneca, Don Antonio Valeriano (1516-1605), que recoge la versión de la aparición de la Virgen, y el testamento de Juana Martín (11 de Marzo de 1559), vecina de Juan Diego, que se halla  en la catedral de Puebla, y en el que se  da cuenta de estos sucesos. En base a aquellos se obtuvo un fundamento sólido sobre la existencia de Juan Diego en aquel momento histórico de México.
Los estudios científicos que se han hecho de la imagen, han producido resultados sorprendentes.
Se ha descubierto que las estrellas que aparecen sobre el manto corresponden exactamente con la posición de aquellas durante el solsticio de invierno del 12 de Diciembre de 1531, que se produjo en México a las 10.26 a.m.
En 1979, al estudiar la imagen con rayos infrarrojos, se descubrió que la pintura es de origen desconocido en la tierra.  A pesar de que el tejido no había sido tratado con ninguna técnica, los colores se mantienen brillantes e iridiscentes.  La tela no se ha desintegrado, a pesar del paso del tiempo y de haber estado sujeta a la humedad, polvo o el humo de las velas por 166 años; antes de que se le pusiera un vidrio protector.  En 1791 se volcó accidentalmente un poco de ácido muriático en la parte superior de la tela, y en cuestión de 30 días, ésta se reconstituyó milagrosamente.
A través de estudios oftalmológicos hechos por más de 20 especialistas médicos destacados y por fotógrafos profesionales, se han descubierto reflejadas en las pupilas de la Virgen, hasta 13 imágenes de personas distribuidas en un espacio de 8 milímetros; algo imposible de ser divisado y pintado por el ojo humano.  En las imágenes se ha podido reconocer las caras de Juan Diego y del Obispo Zumárraga, las cuales aparecían en un cuadro de la época que se encontró detrás del de la Virgen, al ser trasladado éste a su nueva Basílica.
Con todos estos testimonios, ¿como podría negarse la autenticidad de aquellos hechos?
Juan Diego fue canonizado por el Papa Juan Pablo II el 31 de Julio del año 2002.  De él dijo el Santo Padre: “Juan Diego, al acoger el mensaje cristiano sin renunciar a su identidad indígena, descubrió la profunda verdad de la nueva humanidad…facilitó el encuentro fecundo de dos mundos, y se convirtió en protagonista de la nueva identidad mexicana, intimadamente unida a la Virgen de Guadalupe; cuyo rostro mestizo expresa su maternidad espiritual  que abraza a todos los mexicanos”.
“Al ser tomada como estandarte por los insurgentes de la Guerra de la Independencia, la Guadalupana se volvió en el símbolo de la nación mexicana”. (Juan Ramírez Cuevas, Independent Media Center, Barcelona, agosto del 2002).
“En la tradición oral náhuatl, todavía se escuchan los ecos de Tonantzin (diosa de la tierra), que se confunden con Guadalupe.  Apareció, así lo dicen los jefes, en el cerro de Anahuac; una señal en el mismo cielo, a donde llega la manzana del Volador; una mujer con gran importancia, más que los mismos emperadores, que a pesar de ser mujer, su poderío es tal, que se para frente al sol, nuestro dador de vida; y pisa la luna, que es nuestra guía en la lucha por la luz; y se viste con las estrellas que son las que rigen nuestra existencia y nos dicen cuándo debemos sembrar, doblar o cosechar.  Nuestros mayores ofrecían corazones a Dios para que hubiese armonía en la vida.  Esta mujer dice que sin arrancarlos, le pongamos los nuestros en sus manos para que ella los presente al verdadero Dios”.

Lucia Newton de Valdivieso                                                  12 de Diciembre