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Friday, June 28, 2013

Atahualpa

ATAHUALPA
 
Los Funerales de Atahualpa de Luis Montero (1868): Museo de Arte de Lima
  En un artículo de Virgilio Freddy Cabanillas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, éste nos cuenta:
En un penetrante artículo, Roberto Miró Quesada señaló la identificación de Montero con los proyectos criollos y liberales. Se reconoce la importancia de lo indígena, pero se le supera para construir el nuevo Perú a partir de la herencia hispana. Por eso pintó los funerales del inca. Un indígena magnífico, imponente, bien pintado, pero muerto. En palabras de Buntinx: “Los Funerales de Atahualpa son en realidad las fácticas aunque espléndidas exequias que cierta ideología criolla en consolidación otorga a lo que reconoce pero margina” 16.


La captura y muerte de Atahualpa Inca, hijo de Huayna Cápac y de una princesa quiteña, marca un importante hito en la historia del Perú y del mundo, “ya que los factores que contribuyeron a este hecho vienen a ser esencialmente los mismos que determinaron el desenvolvimiento de enfrentamientos similares entre colonizadores y nativos en el resto del mundo.  La captura de Atahualpa nos abre una visión amplia de la historia del mundo” (Jared Diamond: Armas, Gérmenes y Hierro, 1999). Nos preguntamos con mucha curiosidad y cierta incredulidad, cómo un pequeño grupo de 180 hombres y 37 jinetes lograron vencer a un poderoso ejercito de quizás más de 50,000 indios.  Los hechos presentados fríamente nos conducen a pensar quizás en una inferioridad cultural del imperio incaico con respecto a los europeos o en una equivocada sensación de superioridad racial de los conquistadores que deleitaría a los racistas más recalcitrantes.  Por eso he querido presentar una diferente perspectiva de análisis de las causas de esta inesperada y sorprendente “conquista” (¿fue realmente tal?).
En los anales de la historia, dos imperios casi paralelos: el azteca y el incaico y las culturas que los precedieron y contribuyeron a la grandeza de estos, lograron grandes avances agrícolas, tecnológicos y expansionistas.  Se desarrollaron paralelamente a las culturas antiguas del Asia y por los hallazgos arqueológicos que de ellos se tienen podemos deducir que contaban con una estructura organizativa y socio-económica bastante avanzada.  A pesar de que algunos autores sitúan la aparición del imperio incaico en los tiempos de Manco Cápac (siglo XII aproximadamente), la mayor parte de los arqueólogos e historiadores modernos como Kauffman Doig y Franklin Pease dicen que el imperio incaico recién se formó después de la conquista por Pachacútec de los chancas y de sus territorios (aproximadamente en 1430), lo cual limitaría su duración  a  aproximadamente cien años de vida.  La expansión militar y territorial de los incas los llevó a establecer sus limites desde el sur de la ahora Colombia, hasta la parte austral de Chile, de la costa hasta bien adentrada la selva amazónica, y por el sureste hasta bordear las pampas argentinas.
 La decadencia del imperio no puede atribuirse sólo a la superioridad tecnológica de los conquistadores o al miedo a lo desconocido, de parte de los nativos, como quieren simplificar algunos historiadores.  Cuando los españoles, en su afán por buscar nuevas rutas para el comercio directo de las especias con las indias orientales  y también de conquistar nuevos territorios, llegan a las costas peruanas de Tumbes en 1528, ya habían oído hablar anteriormente de la existencia del fabuloso “Birú”; lleno de riquezas.  Francisco Pizarro, Diego de Almagro y el sacerdote Hernando de Luque se unieron como socios de la conquista en una empresa en la que se compartirían inversión, riesgos y ganancias después de descontar los pagos que se harían a los inversionistas  y a la corona española.  Con el fin de no encontrar obstáculos en el desarrollo de su objetivo Francisco Pizarro gestionó y obtuvo el permiso directo de la corona para la colonización.  A través de la famosa Capitulación de Toledo, obtuvo permiso para conquistar las tierras de la denominada “Nueva Castilla”, bajo la condición obligatoria de evangelizar a los nativos que habitaban esas tierras y se estipuló el “Quinto Real”, por el cual los socios de la conquista darían la quinta parte de todo lo encontrado a la corona real.  Como justificación y prueba de su descubrimiento en las anteriores expediciones que había hecho al Perú, Pizarro llevo a tres indios que habían sido capturados por Bartolomé Ruiz en sus incursiones por los ríos.  Ellos llevaban cerámicas, textiles y objetos de oro y plata que demostraban la riqueza de aquellos parajes.  Posteriormente, estos indios les servirían de intérpretes, como muchos otros que fueron capturados después y entrenados para dicho servicio. 
Al llegar los españoles al Tahuantinsuyo, se encontraron con una sociedad profundamente afectada por graves conflictos internos, consecuencia de la ya decadente cohesión organizativa del imperio y empeorada por la muerte de su más reciente monarca, Huayna Cápac y por la pugna por el gobierno de parte de sus hijos Huáscar y Atahualpa.  Huayna Cápac no pudo controlar la sublevación de varias provincias de la región ecuatorial del imperio, como tampoco pudo prever la pugna entre las parcialidades cusqueñas de Hurin y Hanan Cusco (alto y bajo Cusco), problemas que se agudizaron después de su muerte como consecuencia de su contagio con la viruela en 1529 (cuyo germen había sido traído a nuestras costas por las primeras expediciones españolas). 
La política de los Quichuas, conquistadores de varias culturas florecientes en la zona andina y costeña, consistió en la asimilación y utilización de muchas de las manifestaciones culturales de esos pueblos. El ayllu, célula social pre-incaica se transformó en la base del estado inca y sobre él se tejió la red administrativa y tributaria, lográndose así la expansión y dominación de éste. Se conservaron los señores étnicos o curacas; pero por razones prácticas, se estableció una estructura de poder vertical, la unidad de las lenguas y el reconocimiento del poder absoluto del Inca.  Se destinaron parte de las tierras al Estado con el fin de mantener a los miembros del gobierno y del clero.  “Así, el advenimiento de los incas significó para los grandes señores, una pérdida de poder y de buena parte de sus riquezas: sus mejores tierras pasaron a poder del Estado, con su gente local trabajando esos campos y el usufructo llenando los depósitos gubernamentales” (Maria Rostowrowski: Historia del Tahuantinsuyo).  Por otro lado,  la diversidad cultural de las naciones conquistadas no propició un sentimiento de nacionalidad, y existía una tremenda aspiración de aquellos pueblos por salir del dominio cusqueño.  El sistema de “mitimaes”, por el cual se desplazaba a poblaciones enteras a lugares desconocidos para cumplir las tareas estatales no hizo sino aumentar el descontento entre los vasallos. 
Al morir Huayna Cápac, el Tahuantinsuyo quedó dividido entre sus dos hijos: Huáscar quedó al mando del imperio que se había constituido con el Cusco como centro, antes de la conquista de Quito, y Atahualpa, quedó al mando del imperio de Quito; como legítimo heredero que era, por ser hijo de la princesa heredera de dicho reino, Túpac Paclla.  Después de un período de paz, las intrigas causadas por allegados a ambos gobernantes, hicieron surgir la envidia  y competencia entre los hermanos por el gobierno de todo el Tahuantinsuyo.  Así, se inició una cruenta guerra civil de la cual salió triunfante Atahualpa.  Éste ordenó el asesinato de todos los miembros de la familia de Huáscar y apresó a su hermano en Cajamarca. Los españoles no pudieron encontrar mejor situación para llevar a cabo su empresa y así fue como desembarcaron en Tumbes y avanzaron por la costa, conquistando pueblos y cometiendo toda clase de atrocidades contra los naturales. Atahualpa, ocupado en solucionar los conflictos internos, no prestó mucha importancia al peligro de la invasión española; fuera de que sus espías le informaban del escaso número de las tropas de Pizarro.  Por otro lado, Pizarro y sus huestes lograron granjearse la alianza de muchos curacas, los cuales se unieron a los españoles ilusoriamente; pensando que así podrían librarse del yugo Inca.  Fue recién cuando Atahualpa venció a Huáscar y se retiró a descansar  a los baños termales de Qonqo, en Cajamarca, que recién acordó entrevistarse con Pizarro y mandó a un espía con el fin de averiguar el número  y costumbres de estos españoles.  Este le aseguro de que “sólo eran unos ladrones barbudos salidos de unas casas flotantes en el mar” y que “venían montados en unos carneros (caballos) tan grandes como los del Collao” y que no eran hombres de guerra y que con solo doscientos hombres  los matarían a todos ellos.  El 24 de Septiembre de 1532, Pizarro se dirigió hacia Cajamarca con su pequeño ejército, con el fin de tenderle una emboscada al Inca.  Un curaca les dijo que Atahualpa los estaba esperando con 50,000 indios; sin embargo venciendo el terror, valerosamente avanzaron.  Y así, después de mandar por adelantado al Padre Valverde quien en nombre de Dios le pidió al Inca se sometiera a la corona española, causando la indignación del Inca, quien botó la Biblia al suelo en señal de desdén, Pizarro ordenó el ataque.  Y así, al grito de “Santiago” las fuerzas españolas, junto con su caballería  y mastines sanguinarios, arremetieron contra los indios, apresando a Atahualpa y produciéndose una de las más grandes matanzas de todos los tiempos.  Al enterarse de la caída del Inca, muchos de los seguidores del recién vencido Huáscar, se acercaron para ofrecer sus servicios a los conquistadores.  Con el fin de congraciarse con los españoles y lograr su libertad, Atahualpa ofreció dos cuartos de plata y uno de oro, hasta donde llegara la altura de su mano; del cual se dice fue el rescate pagado más alto en la historia de la humanidad.  Al enterarse los españoles de que estaban en camino ejércitos liberadores, Pizarro ordenó la ejecución de Atahualpa, la cual se produjo por la pena del garrote (estrangulamiento), el 26 de julio de 1533.  Desde su cautiverio Atahualpa mandó matar a su hermano Huáscar, con el fin de que no se apropiase del Imperio. Pizarro utilizó esta situación para acusarlo de fratricidio, así como de traición y de idolatría y condenarlo a muerte. Irónicamente, Atahualpa se bautizó antes de morir.  La noticia de su muerte dispersó a los ejércitos incas, lo cual facilitó la conquista del imperio y la ocupación del Cusco por los españoles en noviembre de 1533, sin ofrecer los naturales, apenas algo de resistencia.
Pero fuera  de los conflictos internos que facilitaron la conquista, ¿cómo fue que un ejército tan pequeño pudo enfrentarse y vencer a las enormes tropas de Atahualpa?  La superioridad de las armas de los españoles: espadas y dagas afiladas, arcabuces, armaduras y sombreros de hierro, los protegieron de las incipientes cachiporras, boleadoras, garrotes, macanas y arcos y flechas de los indios.  La terrible embestida de los caballos y la superioridad de la lucha sobre ellos, así como el uso de perros feroces, fueron factores adicionales en la superioridad del ataque.
Por otro lado, las epidemias anteriormente traídas desde Europa, fueron diezmando buena parte de las poblaciones indígenas. Al morir Huayna Cápac con la viruela, el imperio quedo desunificado; situación que fue favorable a la invasión española.
La falta de información del Inca sobre la superioridad tecnológica y militar de los españoles, así como su desconocimiento  de las intenciones colonialistas de aquellos y de sus recientes conquistas en Méjico y el Caribe, también fueron factores decisivos para la derrota. Según María Rostowrowski, “No fue un puñado de hispanos quienes doblegaron al Inca, sino los propios andinos descontentos con la situación imperante, quienes creyeron encontrar una situación favorable para recobrar su libertad”.
La conquista trajo la destrucción no sólo del imperio pero también de su pureza cultural.  Se creó un sincretismo en las costumbres y en la religión, pero también se inició un proceso de sujeción a las órdenes que venían desde la corona y que privaban de la libertad de decisión a los mismos conquistadores.  ¡Qué contradicción!



Lucia Newton de Valdivieso