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viernes, 3 de abril de 2020
martes, 31 de marzo de 2020
Bendición Urbi et Orbi Papa Francisco 2020, indulgencia plenaria - Tele VID
TEXTO COMPLETO DE LA MEDITACIÓN DEL SANTO PADRE FRANCISCO DEL VIERNES 27 DE MARZO 2020*
«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas.
Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente.
En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino solo juntos. Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús.
Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—.
Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40). Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (v. 38).
No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados.
La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad.
La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.
Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.
«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela y se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa.
No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo.
Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”. «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, «volved a mí de todo corazón» (Jl 2,12).
Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás.
Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo.
Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.
«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza.
Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere. El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar.
El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado.
El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza.
Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad.
En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza.
«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios.
Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil Señor y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque sabemos que Tú nos cuidas” (cf. 1 P 5,7).
miércoles, 11 de marzo de 2020
REFLEXIONES SOBRE UNA PANDEMIA
REFLEXIONES SOBRE UNA PANDEMIA
Lucy Newton
Ayer salí, después de dos días de confinamiento en mi casa sin ningún motivo explícito, para comprar víveres y productos de limpieza recomendados. Creo que con esto de la famosa pandemia que se ha ido extendiendo silenciosamente en el globo del mundo, nos ha entrado una especie de terror interno, que ya linda en la obsesión.
Mientras iba en mi carro, con las lunas cerradas, porque es invierno y la calefacción se escapa, me imaginaba cosas traídas de los pelos, y veía unas tremendas bolas con púas…unos virus de corona…subiéndose por las ventanas y queriendo meterse por cualquier rendija, para atacarme. Iba equipada con sendos pedazos de papel higiénico y con un llavero con desinfectante para limpiar el timón y frotarme las manos antes de agarrar la carretilla de la tienda. Parece que me he contagiado del terror colectivo.
En la tienda nos recibían con paños de desinfectante para limpiar las asas de las carretillas y con deseos de que nos cuidáramos. Creo que los trabajadores ya se sentían víctimas de su obligación y totalmente resignados a ser barridos por una enfermedad inevitable.
Los anaqueles de las tiendas estaban totalmente agotados en lo que se refiere a papel higiénico, desinfectantes, lejía y vinagre. ¡Había carteles que pedían al público, sólo llevar dos docenas de botellas de agua…como si el agua de caño se fuese a contaminar cuando nos cubriera la nube de la maledicencia! Todo el mundo compraba comida para la cuarentena a la que supuestamente todos estaremos sujetos. Por allí pasó un irresponsable que estornudó porque seguro se le metió un bicho a la nariz, o le dio alergia el polvo, y todo el mundo lo miró espantado porque no lo hizo en el doblez del brazo, como se nos ha instruido. Nadie quería pasar por esa fila, hasta que las moléculas flotantes de la secreción nasal se asentaran. ¡Y nada de tocar las cajas por donde ellos habían pasado, porque ahora estarían contaminadas!
Es increíble el impacto que está causando esta situación. Nos estamos remontando al terror sentido por los pueblos en los tiempos de la peste negra causada por las pulgas de los roedores en los siglos pasados, en los que murieron millones de personas. El impacto político y económico se deja sentir a pasos agigantados y tenemos que hacer algo responsable para que este terror no nos siga mandando a una gran recesión. Ahora mismo acaba de cerrar la bolsa de valores con una pérdida de más de 2000 puntos Es el peor día para el mercado de valores desde 2008 debido a la angustia causada por el corona virus y por la baja en los precios del petróleo. Los inversionistas, asustados por el impacto en el consumo y de que el nuevo virus interrumpa las cadenas de abastecimiento global, están al acecho y parando sus operaciones. Hay una guerra entre los medios de comunicación y los políticos, que irresponsablemente quieren utilizar la situación para sus campañas. La verdad está siendo ocultada o disminuida en algunos casos y exagerada en otros. Por supuesto que el terror colectivo causa este tremendo impacto.
Hasta hoy, los casos globales de infección han escalado a 111,000, con alrededor de 3800 muertes alrededor del mundo. En los Estados Unidos, la situación también está empeorando, y Nueva York, California y Oregon han sido declarados en Estado de Emergencia.
Si nos sirve de consuelo, ahora son unos cuantos miles los enfermos, menos que en los causados anualmente por el virus de la influenza, por ejemplo. El Centro de Control y Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos, arroja las siguientes cifras: Los CDC estiman que la influenza ha dejado un saldo de entre 9 y 45 millones de personas enfermas, entre 140 000 y 810 000 hospitalizaciones y entre 12 000 y 61 000 muertes por año desde el 2010. Si esta información nos puede consolar, no significa que no nos sigamos preocupando por evitar agentes de contaminación que nos puedan causar problemas respiratorios y de deshidratación. Por esto, a seguir lavándonos las manos, antes de preparar los alimentos, después de ir al baño, y después de regresar de lugares públicos. Tratemos de no estar en espacios muy abarrotados, en reuniones grandes o metidos en un crucero, sólo porque ahora cuestan barato.
Mientras tanto, seguimos esperando más kits para realizar las pruebas, porque los países no están debidamente preparados…nos cogió desprevenidos. Por allí oí que China acaba de descubrir un posible antídoto contra la enfermedad. Cuándo será efectivo? No se sabe.
Mientras iba en mi carro, con las lunas cerradas, porque es invierno y la calefacción se escapa, me imaginaba cosas traídas de los pelos, y veía unas tremendas bolas con púas…unos virus de corona…subiéndose por las ventanas y queriendo meterse por cualquier rendija, para atacarme. Iba equipada con sendos pedazos de papel higiénico y con un llavero con desinfectante para limpiar el timón y frotarme las manos antes de agarrar la carretilla de la tienda. Parece que me he contagiado del terror colectivo.
En la tienda nos recibían con paños de desinfectante para limpiar las asas de las carretillas y con deseos de que nos cuidáramos. Creo que los trabajadores ya se sentían víctimas de su obligación y totalmente resignados a ser barridos por una enfermedad inevitable.
Los anaqueles de las tiendas estaban totalmente agotados en lo que se refiere a papel higiénico, desinfectantes, lejía y vinagre. ¡Había carteles que pedían al público, sólo llevar dos docenas de botellas de agua…como si el agua de caño se fuese a contaminar cuando nos cubriera la nube de la maledicencia! Todo el mundo compraba comida para la cuarentena a la que supuestamente todos estaremos sujetos. Por allí pasó un irresponsable que estornudó porque seguro se le metió un bicho a la nariz, o le dio alergia el polvo, y todo el mundo lo miró espantado porque no lo hizo en el doblez del brazo, como se nos ha instruido. Nadie quería pasar por esa fila, hasta que las moléculas flotantes de la secreción nasal se asentaran. ¡Y nada de tocar las cajas por donde ellos habían pasado, porque ahora estarían contaminadas!
Es increíble el impacto que está causando esta situación. Nos estamos remontando al terror sentido por los pueblos en los tiempos de la peste negra causada por las pulgas de los roedores en los siglos pasados, en los que murieron millones de personas. El impacto político y económico se deja sentir a pasos agigantados y tenemos que hacer algo responsable para que este terror no nos siga mandando a una gran recesión. Ahora mismo acaba de cerrar la bolsa de valores con una pérdida de más de 2000 puntos Es el peor día para el mercado de valores desde 2008 debido a la angustia causada por el corona virus y por la baja en los precios del petróleo. Los inversionistas, asustados por el impacto en el consumo y de que el nuevo virus interrumpa las cadenas de abastecimiento global, están al acecho y parando sus operaciones. Hay una guerra entre los medios de comunicación y los políticos, que irresponsablemente quieren utilizar la situación para sus campañas. La verdad está siendo ocultada o disminuida en algunos casos y exagerada en otros. Por supuesto que el terror colectivo causa este tremendo impacto.
Hasta hoy, los casos globales de infección han escalado a 111,000, con alrededor de 3800 muertes alrededor del mundo. En los Estados Unidos, la situación también está empeorando, y Nueva York, California y Oregon han sido declarados en Estado de Emergencia.
Si nos sirve de consuelo, ahora son unos cuantos miles los enfermos, menos que en los causados anualmente por el virus de la influenza, por ejemplo. El Centro de Control y Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos, arroja las siguientes cifras: Los CDC estiman que la influenza ha dejado un saldo de entre 9 y 45 millones de personas enfermas, entre 140 000 y 810 000 hospitalizaciones y entre 12 000 y 61 000 muertes por año desde el 2010. Si esta información nos puede consolar, no significa que no nos sigamos preocupando por evitar agentes de contaminación que nos puedan causar problemas respiratorios y de deshidratación. Por esto, a seguir lavándonos las manos, antes de preparar los alimentos, después de ir al baño, y después de regresar de lugares públicos. Tratemos de no estar en espacios muy abarrotados, en reuniones grandes o metidos en un crucero, sólo porque ahora cuestan barato.
Mientras tanto, seguimos esperando más kits para realizar las pruebas, porque los países no están debidamente preparados…nos cogió desprevenidos. Por allí oí que China acaba de descubrir un posible antídoto contra la enfermedad. Cuándo será efectivo? No se sabe.
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World: Reflexiones Sobre una Pandemia
domingo, 8 de marzo de 2020
Chuño, El Secreto Milenario de los Andes
Chuño, El Secreto Milenario delos Andes
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https://www.bbc.com/mundo/noticias-40219883
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