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Wednesday, December 21, 2011

Recuerdos Navideños de mi Infancia



Cuando yo era niña, vivía en una casa en la Av. 28 de Julio #410 en Miraflores. Hoy en su lugar se levanta un edificio que debe de tener 50 años, porque se construyó cuando nivelaron la casa donde vivíamos. Ya comenzaba en ese entonces el furor de la propiedad vertical que caracteriza a la Lima de hoy, y que va relegando a la tradicional de casas señoriales con sus huertas y recibos amplios, para reemplazarlas por propiedades de mayor valor comercial.
En la casa a la que me refiero, vivíamos con mi abuela, a la usanza antigua, en la que las familias extensas vivían juntas...abuelos, tíos, padres e hijos.
Mi abuela era la matrona y en su afán de mantener a la familia unida, reunía todos los días a todos los hijos a la hora del imperdonable almuerzo. Como eran tres hijas políticas, cada semana le tocaba a una de ellas, disponer del menú que se habría de preparar y de proporcionar la cuota semanal para el mercado. Durante el tiempo que esto se llevó a cabo, la famosa unión familiar se mantuvo sólida, aunque por lo bajo se propiciaran toda clase de críticas normales sobre la buena o mala administración de las esposas que organizaban los almuerzos familiares.
El 25 de Diciembre era el cumpleaños de mi abuela, y así, ese día se celebraban dos ocasiones: su onomástico y principalmente, la Navidad. La nochebuena era sólo para mi familia inmediata y ella, ya que los otros hijos la pasaban con las suegras.
Todavía recuerdo cómo se alimentaba al pavo, al cual se le criaba en un rincón del patio adjunto a la cocina...las cocinas de las casas antiguas eran exteriores, ya que se cocinaba con kerosene y había peligro de incendio. Una vez ví cómo se incendiaba ese recinto.
Al pavo se le daban toda clase de lechugas y hierbas y granos de maiz y ya acercándose sus ultimos días, almendras para mejorar su sabor a la hora de ser cocinado. Los niños nos entusiasmábamos con los animalitos...pollitos, patitos, y el pavo. Las palomitas del tejado hacían cu cu cada mañana y los gallos nos despertaban con su canto al sol. Y siempre era triste ver a nuestra mascota temporal ser sacrificada para aparecer en la fuente principal navideña. Creo que en esas épocas, nunca quise comer, ni obligada, esa especialidad de la cocinera. Ya más grandecitos sabíamos que cuando la cocinera lo emborrachaba con pisco,sus horas finales habían llegado, y el día del sacrificio, había que llevarnos a pasear fuera para no escuchar los graznidos mortales...trágico fin para él y para nosotros.

 Creo que volví a comer libremente el pavo cuando lo compré en el mercado y ya no lo consideraba como casi un familiar mío...
Mis hermanos y yo creíamos firmemente en Santa Claus y de que él era el emisario del niño Jesús y de que debíamos hacer nuestras listas de pedidos a ver si nos traía parte de ellos. Dependía de cuánta plata tenían nuestros padres ese año...y por supuesto también dependía de cómo nos habíamos portado. Como nosotros éramos cinco y todos de edades similares, porque habíamos sido concebidos bien seguidos, la casa siempre estaba llena de ruidos, correrías y los pleitos normales de niños...pero ese mes, todo era silencio; nadie se atrevía a portarse mal, pues eso significaba que Santa Claus se enteraría y no recibiríamos los regalos esperados. Hay veces habríamos un closet y descubríamos alguno de los juguetes, pero mi mamá se ocupaba de hacerlos desparecer con unas magias que hacía con las manos...hasta ahora no me explico cómo hizo desaparecer una bicicleta en una de esas veces! Debe de haber sido difícil satisfacer los deseos de tantos hijos!
Me acuerdo la vez que mi mamá se ganó en una rifa un árbol de Navidad de color plateado con bolas de color celeste y un montón de lucecitas. Qué emoción cuando lo trajo a la casa y cuando pusimos todos los regalos debajo de él.
Mi abuela se esmeraba enseñándonos poesías para declamar el día de Navidad,lo que hacíamos con gran orgullo, porque como ya dije, también era el día de su santo. Una de ellas se llamaba Rin rin Renacuajo, del poeta colombiano Rafael Pombo y decía así:

El hijo de rana, Rinrín renacuajo
Salió esta mañana muy tieso y muy majo
Con pantalón corto, corbata a la moda
Sombrero encintado y chupa de boda.
-¡Muchacho, no salgas¡- le grita mamá
pero él hace un gesto y orondo se va.

Halló en el camino, a un ratón vecino
Y le dijo: -¡amigo!- venga usted conmigo,
Visitemos juntos a doña ratona
Y habrá francachela y habrá comilona.

A poco llegaron, y avanza ratón,
Estírase el cuello, coge el aldabón,
Da dos o tres golpes, preguntan: ¿quién es?
-Yo doña ratona, beso a usted los pies
¿Está usted en casa? -Sí señor sí estoy,
y celebro mucho ver a ustedes hoy;
estaba en mi oficio, hilando algodón,
pero eso no importa; bienvenidos son.

Se hicieron la venia, se dieron la mano,
Y dice Ratico, que es más veterano :
Mi amigo el de verde rabia de calor,
Démele cerveza, hágame el favor.

Y en tanto que el pillo consume la jarra
Mandó la señora traer la guitarra
Y a renacuajo le pide que cante
Versitos alegres, tonada elegante.
-¡Ay! de mil amores lo hiciera, señora,
pero es imposible darle gusto ahora,
que tengo el gaznate más seco que estopa
y me aprieta mucho esta nueva ropa.
-Lo siento infinito, responde tía rata,
aflójese un poco chaleco y corbata,
y yo mientras tanto les voy a cantar
una cancioncita muy particular.

Mas estando en esta brillante función
De baile y cerveza, guitarra y canción,
La gata y sus gatos salvan el umbral,
Y vuélvese aquello el juicio final

Doña gata vieja trinchó por la oreja
Al niño Ratico maullándole: ¡Hola!
Y los niños gatos a la vieja rata
Uno por la pata y otro por la cola

Don Renacuajito mirando este asalto
Tomó su sombrero, dio un tremendo salto
Y abriendo la puerta con mano y narices,
Se fue dando a todos noches muy felices

Y siguió saltando tan alto y aprisa,
Que perdió el sombrero, rasgó la camisa,
se coló en la boca de un pato tragón
y éste se lo embucha de un solo estirón

Y así concluyeron, uno, dos y tres
Ratón y Ratona, y el Rana después;
Los gatos comieron y el pato cenó,
¡y mamá Ranita solita quedó!

Qué tal final tan trágico y todo por desobediente! Pero el cuento era a la usanza de los trágicos que contaba Grimm y estaban de supermoda,así que no era nada raro oir estas historias con "enseñanzas ejemplares"...Felizmente estábamos oleados y sacramentados, porque con eso del miedo a no recibir los regalos, nos habíamos portado bien. Además, la empleada de limpieza, que era una negra altota (que se quería hacer la recia, pero que era un pan de Dios, cuando nos portábamos mal) nos enseñaba los dientes postizos de Doña Hortencia Paz Soldán (la madrastra de mi abuela) o los de mi abuela; y al primer cliqueo de la dentadura, salíamos corriendo. Me acuerdo que durante la noche se los sacaban y los sumergían en un vaso de agua con una solución de líquido desinfectante, para matar a los microbios. Y como se la ponían de nuevo a mitad de mañana, había tiempo para amenazarnos si nos portábamos mal.
Por esas épocas venía a visitarnos la ex-mama de mis tíos, hermanos de mi papá. Se llamaba Sara, era también negra, y estaba mal del coco. Se ponía unos vestidos hechos con parches de colores recortados de diversos retazos de tela...parecía un quilt americano viviente. Su sombrero tenía la forma de una torta de parches de colores. Su cartera era de igual material y sus zapatos se parecían a los de la pata Daisy. Se ponía un monton de cadenas doradas que se compraba donde los ambulantes del mercado y juraba que estaba linda. Decía que mis papá y tíos eran sus sobrinos. Siempre venía con sus regalitos...un peine para la abuela, una cajita de fósforos Llama para mi papá, un pisito de plástico para mi mamá, y caramelos para nosotros. Todos la queríamos mucho y esperábamos con ansias sus visitas...Hay veces desesperaba a mi abuela con tanto hablar.
La nochebuena era divertida porque mis padres y hermanos y mi abuela nos sentábamos a tomar chocolate caliente y a comer panetón D'onofrio en la sala familiar. Después de un rato, ya teníamos que irnos a dormir, para esperar a que Santa Claus viniera con los regalos y tuviese tranquilidad para acomodarlos. No cabíamos de emoción cuando nos levantábamos y cada uno de nosotros tenía su regalo que había pedido. Y así, jugábamos hasta la hora de almuerzo,en el hall del segundo piso, porque ya era la hora en que venían los tíos y primos a almorzar y celebrar el santo de la abuela. Por allí tengo un retrato mío a los cuatro años empujando mi coche de paja con la muñequita de celuloide que me habían regalado.

 El papapapa Smith, que había sido amigo de mi abuelo, venía; y como todos los años, me traía un costurero de paja de regalo. Estaba empeñado que aprendiese a coser...
Y así pasaba el día de Navidad y todavía teníamos la esperanza de que cuando vinieran los Reyes Magos, el 6 de Enero, pusieran chocolates ricos en nuestros zapatos, junto a la puerta. Pobres reyes...las pécoras que se habrán aguantado...sería por eso que casi nunca nos dejaban chocolates!