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martes, 31 de marzo de 2020

Bendición Urbi et Orbi Papa Francisco 2020, indulgencia plenaria - Tele VID



TEXTO COMPLETO DE LA MEDITACIÓN DEL SANTO PADRE FRANCISCO DEL VIERNES 27 DE MARZO 2020*

«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas.

Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente.

En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino solo juntos. Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús.

Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—.

Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40). Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (v. 38).

No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados.

La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad.

La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.

Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela y se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa.

No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo.

Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”. «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, «volved a mí de todo corazón» (Jl 2,12).

Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás.

Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo.

Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza.

Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere. El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar.

El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado.

El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza.

Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad.

En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios.

Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil Señor y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque sabemos que Tú nos cuidas” (cf. 1 P 5,7).

miércoles, 11 de marzo de 2020

Antonio Gaudí Film by Hiroshi Teshigahara

REFLEXIONES SOBRE UNA PANDEMIA

REFLEXIONES SOBRE UNA PANDEMIA
Lucy Newton
Ayer salí, después de dos días de confinamiento en mi casa sin ningún motivo explícito, para comprar víveres y productos de limpieza recomendados. Creo que con esto de la famosa pandemia que se ha ido extendiendo silenciosamente en el globo del mundo, nos ha entrado una especie de terror interno, que ya linda en la obsesión.
Mientras iba en mi carro, con las lunas cerradas, porque es invierno y la calefacción se escapa, me imaginaba cosas traídas de los pelos, y veía unas tremendas bolas con púas…unos virus de corona…subiéndose por las ventanas y queriendo meterse por cualquier rendija, para atacarme. Iba equipada con sendos pedazos de papel higiénico y con un llavero con desinfectante para limpiar el timón y frotarme las manos antes de agarrar la carretilla de la tienda. Parece que me he contagiado del terror colectivo.
En la tienda nos recibían con paños de desinfectante para limpiar las asas de las carretillas y con deseos de que nos cuidáramos. Creo que los trabajadores ya se sentían víctimas de su obligación y totalmente resignados a ser barridos por una enfermedad inevitable.
Los anaqueles de las tiendas estaban totalmente agotados en lo que se refiere a papel higiénico, desinfectantes, lejía y vinagre. ¡Había carteles que pedían al público, sólo llevar dos docenas de botellas de agua…como si el agua de caño se fuese a contaminar cuando nos cubriera la nube de la maledicencia! Todo el mundo compraba comida para la cuarentena a la que supuestamente todos estaremos sujetos. Por allí pasó un irresponsable que estornudó porque seguro se le metió un bicho a la nariz, o le dio alergia el polvo, y todo el mundo lo miró espantado porque no lo hizo en el doblez del brazo, como se nos ha instruido. Nadie quería pasar por esa fila, hasta que las moléculas flotantes de la secreción nasal se asentaran. ¡Y nada de tocar las cajas por donde ellos habían pasado, porque ahora estarían contaminadas!
Es increíble el impacto que está causando esta situación. Nos estamos remontando al terror sentido por los pueblos en los tiempos de la peste negra causada por las pulgas de los roedores en los siglos pasados, en los que murieron millones de personas. El impacto político y económico se deja sentir a pasos agigantados y tenemos que hacer algo responsable para que este terror no nos siga mandando a una gran recesión. Ahora mismo acaba de cerrar la bolsa de valores con una pérdida de más de 2000 puntos Es el peor día para el mercado de valores desde 2008 debido a la angustia causada por el corona virus y por la baja en los precios del petróleo. Los inversionistas, asustados por el impacto en el consumo y de que el nuevo virus interrumpa las cadenas de abastecimiento global, están al acecho y parando sus operaciones. Hay una guerra entre los medios de comunicación y los políticos, que irresponsablemente quieren utilizar la situación para sus campañas. La verdad está siendo ocultada o disminuida en algunos casos y exagerada en otros. Por supuesto que el terror colectivo causa este tremendo impacto.
Hasta hoy, los casos globales de infección han escalado a 111,000, con alrededor de 3800 muertes alrededor del mundo. En los Estados Unidos, la situación también está empeorando, y Nueva York, California y Oregon han sido declarados en Estado de Emergencia.
Si nos sirve de consuelo, ahora son unos cuantos miles los enfermos, menos que en los causados anualmente por el virus de la influenza, por ejemplo. El Centro de Control y Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos, arroja las siguientes cifras: Los CDC estiman que la influenza ha dejado un saldo de entre 9 y 45 millones de personas enfermas, entre 140 000 y 810 000 hospitalizaciones y entre 12 000 y 61 000 muertes por año desde el 2010. Si esta información nos puede consolar, no significa que no nos sigamos preocupando por evitar agentes de contaminación que nos puedan causar problemas respiratorios y de deshidratación. Por esto, a seguir lavándonos las manos, antes de preparar los alimentos, después de ir al baño, y después de regresar de lugares públicos. Tratemos de no estar en espacios muy abarrotados, en reuniones grandes o metidos en un crucero, sólo porque ahora cuestan barato.
Mientras tanto, seguimos esperando más kits para realizar las pruebas, porque los países no están debidamente preparados…nos cogió desprevenidos. Por allí oí que China acaba de descubrir un posible antídoto contra la enfermedad. Cuándo será efectivo? No se sabe.
9 de Marzo del 2020

domingo, 8 de marzo de 2020

viernes, 21 de febrero de 2020

De Como Orientarse por Mario Zolezzi

DE COMO ORIENTARSE
Por Mario Zolezzi



Muchísimo antes que se descubriera la brújula los humanos recorrían la tierra descubriéndola. A veces algunos de ellos intentaban regresar a un lugar anterior y la memoria no era de gran ayuda, faltaba un método práctico, natural, alguna forma de conocimiento que ayudara. Así, supongo empezó el cultivo de las artes de la orientación humana, mirando por las noches a las estrellas y a la luna, descubriendo la ruta diaria del sol y su juego perpetuo de iluminar y crear sombras. Algún día, muy lejos como para acordarse, nuestros antepasados se atrevieron a embarcarse y navegar, para cruzar a la otra orilla de un gran río, para explorar las islas que el mar señala y que los lagos protegen. El objetivo sin duda era preciso, pero la tarea de encontrar la ruta en mar abierto se complicaría mucho.
Hasta que los sabios concibieron un método concluyente inspirado en su paciencia, la necesidad de orientarse en la vida y los territorios que juntó miles de años de observación y conocimiento sobre la posición de los cuerpos celestes, sobre Venus y Marte (nombrados de muchos modos) de la Luna y de algunos grupos destacados de estrella entre las incontables del cosmos. Cuando ese rato llegó a cuajar en el Tawantinsuyo Túpac Yupanqui lo hizo suyo arrumbando por el océano hacia la legendaria Rapa Nui, seguro de orientarse en su travesía, pese a las noches oscuras de cielo nublado que vendrían y tuvo que sufrir. Confiando, eso sí, en los cuidados y el cariño de Mama Quilla y Mama Cocha.


Asistido siempre en su navegar, con la ayuda soberbia de las brillantes ch’askas de todos los cielos, dueñas del anochecer y encargadas de desterrar la noche, de abrir paso al amanecer, el inca controló las aguas y el rumbo. Para eso estaban ese par de estrellas que brillan diferentes y más; que se visten de rojo, que despuntan entre miles de qoyllur porque -silenciosas también- no titilan ni se agrupan en rebaños como vicuñas blancas pastoreando celestiales por esas intocables alturas. Así, a veces sin visibilidad, sin mayores referencias, el hijo de Pachacutec cruzó el mar con sus tripulantes incas, disponiendo con astucia las velas de esas balsas pequeñitas, que el creyó inmensas, para recibir el viento favorable que en sabia combinación con corrientes marinas que fue encontrando, lo llevaran a no perderse en los detalles.
Orientarse fue un reto material y la irradiación del saber de amautas, impiris y otros sabios. No fue guiarse por el espíritu santo ni los apus. Fueron sus ganas, las estrellas, la luna, las que lo encauzaron, enderezaron la ruta, lo sacaron del descarrío con la ayuda soberana del padre Inti que en algún momento le envió aves, que en su vuelo migratorio evitaron que divague y caiga en algún extravío extremo, creyendo sabias las decisiones tomadas.
Así, tanteando entre las aguas, el firmamento y el cosmos llegó a las islas de piedras volcánicas y les puso nombre: Ninachumbi y Ahuachumbi, incontables años antes que un manojo de cristianos exploradores las bautizaran como islas de Pascua. Supo el inca orientarse hasta llegar con sus guerreros más allá de lo que era el Tawantinsuyo y volver después, glorioso, iluminando con sus ganas de vencedor las noches oscuras que lo invitaban a descarriarse, a perderse y a no continuar su ruta verdadera avanzando sobre el mar.
Jamás pudo enterarse Tupac Yupanqui que varios siglos antes que aprendiera bien como orientarse, al otro lado del mundo un estratega, Sun Tzu, escribió El Arte de la Guerra, advirtiendo que la suprema maestría de la guerra es derrotar a alguien sin necesidad de entablar batalla.