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Friday, August 23, 2013

LA POBRE VIEJECITA: CUENTO DEL RAFAEL POMBO

Cuando yo era chica, mi abuela me regaló un librito de cuentos que había sido de mi papá. Me encantó porque tenía unas figuritas de colores parecidas a las figuritas que intercambiábamos cuando éramos chicos.  Y la historia de la viejecita tenía un significado muy especial.  Hay personas que tienen de todo, pero siempre se quejan de su mala suerte.  Sin embargo hay otros que ya quisieran tener un pedacito de la suerte de ellos. Además la suerte o el exito en la vida, lo formamos en su mayor parte nosotros, con nuestras elecciones o actitudes ante situaciones que se nos presentan.

LA POBRE VIEJECITA
Rafael Pombo (colombiano)





Érase una viejecita 
Sin nadita que comer 
Sino carnes, frutas, dulces, 
Tortas, huevos, pan y pez

Bebía caldo, chocolate, 
Leche, vino, té y café, 
Y la pobre no encontraba 
Qué comer ni qué beber.

Y esta vieja no tenía 
Ni un ranchito en que vivir 
Fuera de una casa grande 
Con su huerta y su jardín

Nadie, nadie la cuidaba 
Sino Andrés y Juan y Gil 
Y ocho criados y dos pajes 
De librea y corbatín

Nunca tuvo en qué sentarse 
Sino sillas y sofás 
Con banquitos y cojines 
Y resorte al espaldar

Ni otra cama que una grande 
Más dorada que un altar, 
Con colchón de blanda pluma, 
Mucha seda y mucho olán.

Y esta pobre viejecita 
Cada año, hasta su fin, 
Tuvo un año más de vieja 
Y uno menos que vivir

Y al mirarse en el espejo 
La espantaba siempre allí 
Otra vieja de antiparras, 
Papalina y peluquín.

Y esta pobre viejecita 
No tenía que vestir 
Sino trajes de mil cortes 
Y de telas mil y mil.

Y a no ser por sus zapatos, 
Chanclas, botas y escarpín, 
Descalcita por el suelo 
Anduviera la infeliz

Apetito nunca tuvo 
Acabando de comer, 
Ni gozó salud completa 
Cuando no se hallaba bien

Se murió del mal de arrugas, 
Ya encorvada como un tres, 
Y jamás volvió a quejarse 
Ni de hambre ni de sed.

Y esta pobre viejecita 
Al morir no dejó más 
Que onzas, joyas, tierras, casas, 
Ocho gatos y un turpial

Duerma en paz, y Dios permita 
Que logremos disfrutar 
Las pobrezas de esa pobre 
Y morir del mismo mal.

Aquí va un texto del Nuevo Testamento sobre una parábola que contó Jesús, y que podría completar aquello que le pasa a aquellas personas que viven en un completo desinterés de lo que pasa a su alrededor y que cuando se encuentran en situaciones difíciles, nunca saben reconocer sus mezquindades.  Hay mucha personas que  educados en la opulencia viven una vida falsa, y no se dan cuenta que a su alrededor hay personas que necesitan desesperadamente su ayuda para contribuir a fundar un mundo mejor en el que se compartan los bienes que poseemos con gran justicia.

Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino y hacía cada día banquete con esplendidez. Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquel, lleno de llagas, y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; y aun los perros venían y le lamían las llagas.
Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado. En el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno.
Entonces, gritando, dijo: "Padre Abraham, ten misericordia de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama".
Pero Abraham le dijo: "Hijo, acuérdate de que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, males; pero ahora este es consolado aquí, y tú atormentado.
Además de todo esto, una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quieran pasar de aquí a vosotros no pueden, ni de allá pasar acá".
Entonces le dijo: "Te ruego, pues, padre, que lo envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les testifique a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento".
Abraham le dijo: "A Moisés y a los Profetas tienen; ¡que los oigan a ellos!"
Él entonces dijo: "No, padre Abraham; pero si alguno de los muertos va a ellos, se arrepentirán".
Pero Abraham le dijo: "Si no oyen a Moisés y a los Profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levante de los muertos".
Lucas 16, 19-31.