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miércoles, 24 de marzo de 2010

Genealogia de las Primas Hermanas: Paralelo entre la Papa a la Huancaína y la Ocopa


GENEALOGIA DE LAS PRIMAS HERMANAS
Una Fantasía de la Autora

Picantería Arequipeña

La Ocopa es prima hermana de Mamá Huancaína. La Ocopa es mayor que su prima…ya tiene sus añitos…y su faz es de un color verde cenizo; herencia de su padre, el Ají Tostado, medio hermano del Rocoto, quien fue padre de Mama Huancaína…la original.
Huancayo es la madre de la Huancaína, y Arequipa, la de la Ocopa.
Cuando Mama Huancaína (la original) nació, tenía los cachetes rosados; herencia de su padre el rocoto, sujeto de mejillas rojas, teñidas por el frío, como las de los serranos de los valles andinos.
Desde niña la alimentaron con leche batida con el riquísimo queso regional que hacían sus tías, y por eso sus mejillas tomaron un color rosadito…diferentes a las de su padre. ¡¡¡ Era una preciosura de niña!!! Tenía un pelo brillantísimo, pues se lo acondicionaban con aceite de algodón; del más puro.
Cuando se estaba construyendo el ferrocarril, la vieron unos limeños malandrines, y en un descuido de su madre, la raptaron. Felizmente, su tío joven el Ají Amarillo, medio hermano de su papá, que no la conocía, se ofreció ir a buscarla, y al encontrarla ya grandecita, se enamoró perdidamente de ella. El matrimonio no hubiese sido aprobado, y por lo tanto, Mamá Huancaína, se quedó a vivir en Lima con su nuevo esposo, el Ají Amarillo. Allí tuvieron una hija, a la que le pusieron Papa a la Huancaína, en honor a su madre; y su faz salió amarilla, así como la de su padre.
La Ocopa, la más oscurita, se mantuvo siempre en contacto con su prima. Ella la convenció de que debía de tomar leche con queso fresco, hecho por su madre, Arequipa, para que su cutis se desarrugara un poco. A pesar de ser ya mayorcita (¡Imagínense que cuando era niña, era escoltada por los Chasquis, porque no existía ferrocarril en aquellos tiempos!), Ocopa se cuidaba mucho y conservó las tradiciones de sus antepasados de untarse en la cara una crema hecha con maní, galletas y camarones molidos ligada con aceite de algodón. Si vieran cómo se le mejoró el cutis y se le quitaron muchos de los granitos.
Y aunque viven separadas, las familias se visitan de vez en cuando y se reúnen en las picanterías. Allí recuerdan sus orígenes y se cuentan historias de familia.
Ahora que me acuerdo: allí fue donde se hicieron amigas de la Papa, de la Aceituna, del Huevo duro y de la Lechuga…y se hicieron tan patas, que siempre andan juntas.

Lucia Newton de Valdivieso 23 de Marzo de 2010

sábado, 20 de marzo de 2010

Felíz Día de San Patricio


Holas de nuevo!! Hoy les tengo otra de mis recetas, de esas que preparo mientras estoy en casa.
Este fin de semana, después de todos los estragos que hizo la tormenta en Long Island o en la "Isla del Diablo", como yo le llamo, porque no se puede salir ni entrar fácilmente y los habitantes somos sus prisioneros....Bueno, después de la tormenta salió un sol brillante, como para premiar a los irlandeses de este lado del mundo, por haber sido pacientes en la celebración de este día taaan verde y tan esperado por ellos. Rip Van Winkle debe haber estado revolcándose en el mundo de abajo. Así que decidí mostrales mi admiración (después de todo, estamos medio emparentados con esto de que nuestra papa los salvó de morir de hambruna) y cociné su famosa carnecita con col. En Estados Unidos le llaman el Corned Beef, porque antes,para curarla o salarla, se empaquetaba la parte de las piernas anteriores de la res, a la que se llama "falda" y en inglés, brisket, y se le "curaba "con unos pedazos de sal del tamaño de los granos de maíz. Kernum, término germánico utilizado para designar a las semillas de cualquier cosa se aplicó también a los granos de sal, pues eran muy parecidos a los granos del maíz. Para preparar uno mismo la carne salada o curada, se le sumerge en una solución de agua con sal entera de cocinar y se le deja remojar hasta que se sale. La carne así preparada se podía preservar en las epocas donde no había refrigeradores y fue de gran ayuda para la alimentación de los soldados ingleses durante las guerras Napoleónicas. La principal exportación de Irlanda fue el corned beef hecho en el pueblo de Cork, gran exportador del corned beef desde los años 1600 al 1825; los envasaban en latas y los mandaban al resto del mundo con el que comerciaban.
Ahora que ya saben la historia de lo que se van a comer, finalmente, les doy una recetita muy buena, venida del mismo Dublín...
Un pedazo de esta carne, de alrededor de 3 libras de peso, se hierve con pimienta de chapa o de bola o entera (como se le quiera llamar) por alrededor de 3 horas , o hasta que la carne se desprenda fácilmente. En los ultimos quince minutos del hervor, se le agregan 8 papas cortadas por la mitad, 6 zanahorias y una cabeza entera de col. Tambien se le agrega una cebolla partida en cuartos y perejil y estragón. Cuando los vegetales estén cocidos, se retiran de la olla. La carne se saca y se deja enfriar por 15 minutos y luego se corta en trozos largos. Se sirve en un plato en el se que ponen pedazos de la carne, y una porción de los vegetales. Es muy agradable untar la carne con mostaza y acompañarla con esa col marinada que tánto les gusta a los gringos en sus hot dogs y sobre los chorizos a la parrilla. Alcanza para 6 porciones, más o menos; depende de cuan tragón sea Ud. Yo preparé una ensalada de lechugas y tomates simple, para llenar un poquito más el estómago con cosas ligeras.

martes, 16 de marzo de 2010

Lomo a la Mandarina


El otro día hice una recetita para chuparse los dedos, que me encontré en la revista del Food Network:
Allí va:
Lomo a la Mandarina con Cebollas Chinas
1 1/2 libras de lomo cortado en tiras, sin grasa
1 mandarina
4 cebollas chinas, y otras más para adornarlo
1/4 taza de sillau o salsa de soya
2 cucharadas de aceite de ajonjolí
2 cucharaditas de azúcar
2 cucharadas de gengibre pelado y cortado en pedazos menudísimos
3 dientes de ajo molidos
un poco de pimienta roja molida
2 cucharadas de mermelada de naranjas
Direcciones:
Pinchar la carne por todas partes. Pelar la mandarina y reservar como 2 pulgadas de la cáscara.
Cortar la mandarina por la mitad y extraerle el jugo, echándolo en una bolsa de plástico de un galón. A este jugo, agregarle la cáscara de mandarina reservada cortada a lo largo, las cebollas chinas, el sillau, el aceite de ajonjolí, azúcar, el gengibre, el ajo y la pimienta roja, con un 1/4 de taza de agua. Mezclar muy bien y echar la carne a la bolsa. Refrigerar toda la noche.
Al día siguiente ponerla sobre la parrilla ya caliente, o en el horno. Reservar la salsa. Cocinarla sin voltear hasta que la carne dore. Al insertarle el termómetro, éste debe registrar 130 para una carne asada a termino medio. Reservar la salsa.
En una olla aparte, hervir el liquido de la maceración hasta que se espese. Agregarle la mermelada y el jugo que soltó la carne. Adornar la carne, ya cortada en pedazos, con las cebollas chinas restantes.
Este plato lo acompañé con un puré de papas común. Si se desea, se puede acompañar con arroz, también; pero ahora, con eso de que no hay que mezclar dos harinas, prepárense su ensaladita y solucionan el asunto. Bon Apetit!

lunes, 15 de marzo de 2010

El viaje del Nino Goyito (fragmento publicado en la web)

FELIPE PARDO Y ALIAGA:
Nació en Lima en 1806, en el seno de una familia aristócrata. Su padre fue un distinguido oidor español, siempre estuvo identificado con las costumbres tradicionales. Viajó a España donde cursó sus primeros estudios, que formaron su perfil ético. Al retornar a Lima, fue un activo y asiduo representante político, bajo la bandera de los conservadores. Participó, también, en las diversas manifestaciones culturales: el arte, la literatura, el periodismo. En el periodismo fue donde colaboró más asiduamente llegando a fundar incluso el periódico “ El Espejo de mi Tierra”, siempre en oposición a las ideas de su compañero Ascencio Segura. En 1850 amenazado por sus males: parálisis y ceguera, se retira a la vida privada hasta su deceso en 1868.
OBRAS:
Líricas:
- Corrida de toros
- Qué guapo chico
- El ministro y el aspirante
- La nariz
- La constitución de Lima
- El carnaval de Lima
Comedias:
- Frutos de la educación
- Don Leocadio y el aniversario de Ayacucho
- Una huérfana en Chorrillos.
Artículos Costumbristas
- Un viaje
- El paseo de Amancaes
UN VIAJE (ARGUMENTO)
El niño Goyito ha estado recibiendo cartas de Chile durante tres años sobre ciertos negocios interesantes. Aunque tiene 52 años, lo llaman niño Goyito, y así lo llamarán hasta su muerte.
Después de muchos titubeos, el asunto se decide: viajará. La noticia corre por toda la parentela y se convierte en motivo de conversación y quehaceres. El preparativo dura seis meses. Todos se dividen el trabajo: Los sastres hacen ropas diferentes por cada cambio estacional; un hacendado de Cañete teje cigarreras; los dulces a cargo de las madres; las pastillas, la madre Salomé. Todos ellos realizan los preparativos. Sin embargo, surge la disyuntiva: de si el buque es seguro o no. Para estar seguro se vale de un extranjero (Catalán) con el cual se tranquiliza.
El niño Goyito emprende por fin el viaje tan comentado. En la despedida lloran las hermanas y También el viajero. Hay, además de llantos, encargos de la gente. Este viaje marcó un hito para el habla limeña, pues ya no se dice antes y después de Cristo, sino todo se convierte en antes y después del viaje de Goyito.

“ UN VIAJE ” ( FRAGMENTO)

El niño Goyito está de viaje. El niño Goyito va a cumplir cincuenta y dos años; pero cuando salió del vientre de su madre le llamaron niño Goyito; y niño le llaman hoy; y niño Goyito le llamarán treinta años más; porque hay muchas gentes que van al Panteón como salieron del vientre de su madre.
Este niño Goyito, que en cualquiera otra parte sería un Don Gregorión de buen tamaño, ha estado recibiendo por tres años enteros cartas de Chile, en que le avisan que es forzoso que se transporte a aquel país a arreglar ciertos nego­cios interesantísimos de familia, que han quedado embrollados con la muerte súbita de un deudo.
Los tres años los consumió la discreción gregoriana en considerar cómo se contestarían estas cartas, y cómo se efectuaría este viaje. El buen hombre no podía decidirse ni a uno, ni a otro. Pero el corresponsal menudeaba sus ins­tancias: y ya fue preciso consultarse con el confesor, y con el médico, y con los amigos. Pues señor: asunto concluido: el niño Goyito se va a Chile.
La noticia corrió por toda la parentela; dio conversación y quehaceres a todos los criados, afanes y devociones a todos los conventos; y convirtió la casa en una Liorna. Busca costureras por aquí, sastres por allá, fondista por acullá. Un hacendado de Cañete mandó tejer en Chincha cigarreras. La Madre Transverberación del Espíritu Santo se encargó en un convento de una parte de los dulces: Sor María en Gracia fabricó en otro su buena porción de ellos: la Madre Salomé , abadesa indigna, tomó a su cargo en el suyo las pastillas: una monjita recoleta mandó de regalo un escapulario: otra, dos estampitas: el Pa­dre Florencio de San Pedro corrió con los sorbetes y se encargaron a distintos manufactureros y comisionados, sustancias de gallina, botiquín, vinagre de los cuatro ladrones para el mareo, camisas a centenares, capingo (Don Gregorio llama capingo a lo que llamamos capote), chaqueta y pantalón para los días fríos, chaqueta y pantalón para los días templados, chaqueta y pantalón para los días calurosos. En suma, la expedición de Bonaparte a Egipto no tuvo más preparativos.
Seis meses se consumieron en ellos, gracias a la actividad de las niñas (hablo de las hermanitas de Don Gregorio, la menor de las cuales era su madrina de bautismo), quienes, sin embargo del dolor de que se hallaban atravesadas con este viaje, tomaron en un santiamén todas las providencias del caso.
Vamos al buque. Y ¿quién verá si este buque es bueno o malo? iVálgame Dios! i qué conflicto! ¿Se ocurrirá al inglés; Don Jorge, que vive en los altos? Ni pensaro: las hermanitas dicen que es un bárbaro, capaz de embarcarse en un zapato. Un catalán pulpero, que ha navegado en la Esmeralda , es por fin el perito. Le costean caballo: va al Callao: practica su reconocimiento, y vuelve diciendo que el barco es bueno, y que Don Goyito irá tan seguro como en un navío de la Real Armada. Con esta noticia calma la inquietud.
Despedidas. La calesa trajina por todo Lima. "¿ Conque se nos va Ud. ? ¿Con­que se decide a embarcarse?..." ¡Buen valorazo! Don Gregario se ofrece a la disposición de todos: se le bañan los ojos de lágrimas a cada abrazo: encarga que le encomienden a Dios: a él le encargan jamones, dulces, lenguas y co­branzas; y ni a él le recomienda nadie a Dios; ni él se vuelve a acordar de los jamones, de los dulces, de las lenguas, ni de las cobranzas.
Llega el día de la partida. ¡Qué bulla! ¡Qué jarana! ¡Qué Babilonia! Baúles en el patio, cajones en el dormitorio, colchones en el zaguán, diluvios de canastos por todas partes. Todo sale por fin, y todo se embarca, aunque con bastantes trabajos. Marcha Don Gregario acompañado de una numerosa caterva, a la que pertenecen también con pendones y cordón de San Francisco de Paula, las amantes hermanitas, que sólo por el buen hermano pudieran hacer el ho­rrendo sacrificio de ir por la primera vez al Callao. Las infelices no se quitan el pañuelo de los ojos; y lo mismo sucede al viajero. Se acerca la hora del embarque, y se agravan los soponcios.

viernes, 12 de marzo de 2010

El Embargo

Del español José María Gabriel y Galán, 1870-1905, transcribo esta linda poesía":

EL EMBARGO

Señor Juez, pase usted más adelante
Y que entren todos esos…
No le dé a usted ansia,
No le dé a usted miedo
Si veníais antesdeayer a afligirla (a molestarla)
Os tumbo en la puerta. ¡Pero ya se ha muerto!
Embargad, embargad los avíos
Que aquí no hay dinero;
Lo he gastado en comidas para ella
Y en boticas que no le sirvieron
Y eso que me queda,
Porque no me dio tiempo a venderlo
Ya me está sobrando,
Ya me esta hediendo (oliendo mal, apestando)
Embargad ese sacho de pico (herramienta de labranza; azadón pequeño de mano con reverso en forma de pico),
Y esas hoces clavadas en el techo,
Y esa segureja (herramienta de labranza: hacha pequeña de mango largo)
Y ese trozo de liendro (herramienta de labranza: horquilla que se utiliza para orear la mies)…
¡Herramientas que no quede una!
¿Yo para qué las quiero?
Si tuviera que ganarlo para ella (el alimento, el jornal),
¡Cualquiera me quitaba a mi eso!
Pero ya no quiero ver ese sacho,
Ni esas hoces clavadas en el techo,
Ni esa segureja,
Ni ese trozo de liendro…
¡Pero a ver, señor juez: cuidadito
Si algunos de esos
Es osado de tocarle a esa cama
Donde ella se ha muerto:
La camita donde yo la he querido
Cuando ambos estábamos buenos;
La camita donde yo la he cuidado,
La camita donde estuvo su cuerpo
Cuatro meses vivo
Y una noche muerto!
¡Señor juez: que ninguno sea osado
De tocarle a esa cama ni un pelo,
Porque aquí lo hinco (lo clavo, lo dejo clavado)
Delante de usted mismo!
Lleváoslo todo,
Todo, menos eso,
Que esas mantas tienen sudor de su cuerpo…
¡Y me huelen, me huelen a ella
Cada vez que las huelo!

lunes, 8 de marzo de 2010

La Vida del Tamal


LA VIDA DEL TAMAL



La palabra “tamal” deviene del vocablo de la lengua azteca mexicana, “tamali”, que significa “envuelto”. El tamal es un alimento confeccionado con masa de maíz; relleno con carne de cerdo o pollo u otros tipos de carnes; envuelto en hojas de plátano, maíz, bijao, maguey o en papel aluminio; y cocinado al vapor. Su expendio y consumo es muy popular en la mayoría de los países latinoamericanos y se le conoce con nombres diversos como “hallaca” en Venezuela, “envuelto” en Colombia, “humitas” en Chile, Ecuador y Bolivia, o “pamonha” en Brasil. Su confección e ingredientes varían según las diferentes regiones y culturas.
En el Perú es un platillo obligado en los desayunos de los domingos, y está incluido en el menú de celebración de la Navidad, Año Nuevo, Fiestas Patrias, y en la presentación de todo buffet criollo.
El origen del tamal, así como el del maíz, es incierto; aunque evidencias arqueológicas nos muestran la existencia de esta gramínea, así como la de aquel alimento, en una amplia zona geográfica comprendida entre el norte de México y el sur de Chile. Según estudios hechos por el biólogo C. Earle Smith Jr. en 1980, en base a muestras recogidas en la cueva de Guitarrero en Ancash, el maíz o sara, empezó a cultivarse en su forma primitiva, en el Perú, desde hace 6,275 años. En México, de acuerdo con muestras de una cueva en Tehuacán, se estima que este producto se cultivó hace 5,200 años; lo cual daría una antigüedad mayor al maíz peruano. Estudios de restos de heces humanas en la zona costera del norte del Perú y el descubrimiento de depósitos de maíz, también corroboran la gran antigüedad de esta gramínea. Estos hallazgos son evidencia de la gran importancia del maíz en la dieta alimenticia de las civilizaciones pre-cerámicas. El maíz fue un cultivo sagrado para estas poblaciones, y fue el ingrediente principal de sus bebidas, y uno de sus principales alimentos. Los mitos y tradiciones transmitidos a través de la tradición oral identifican al maíz como una deidad. En los dibujos y ceramios y en las decoraciones de los templos precolombinos se han encontrado evidencias de la importancia de este producto para la confección de la chicha, bebida de los dioses y de los hombres, y de sus alimentos. En Caral, civilización situada en el Valle de Supe, Perú, que muestra una antigüedad de cinco a seis mil años, se han encontrado pruebas de la existencia del maíz y de la fabricación del tamal. En un informe de la arqueóloga Ruth Shady, ella dice que en uno de los entierros se encontró entre las ofrendas, “una especie de tamal carbonizado”.
Garcilazo de la Vega, en sus Comentarios Reales de los Incas, decía que: “Los incas hacían un pan de maíz que con ligeras variaciones, se empleaba, ya sea para sus sacrificios solemnes, al que llaman zancu, o para sus fiestas y para regalos, al que llamaban huminta. Al pan del pueblo le llamaban tanta.
El maíz era molido por mujeres sobre una loza ancha; machucando el grano con otra loza en forma de media luna.
El Padre Bernabé Cobo decía del maíz: “Este cereal ya se comía en forma de bollo o tanta (pan), de maíz reventado o pisankalla, de bollicos a la olla o humintas y mote patasca.
En las crónicas del Corregidor Mejía, el decía: “El tamal es de origen incano. Arranca de la humita, compuesta de maíz o choclo fresco (machucado o molido con batán) y mezclados con huacatay y queso de guanaca…bien envuelta en la fina y estriada perfolla (la hoja) mazorquil”.
Cuando vinieron los españoles, en el siglo XVI, el tamal fue incorporado a su dieta. Ellos trajeron el chancho y las gallinas e incorporaron sus carnes favoritas a este alimento. Hacían también, tamales de pichón, palomino (pichón que aún no sale del nido) y gallina. Generalmente los de cerdo se comían ordinariamente y los otros eran más populares para regalarlos. Los esclavos negros que vinieron con ellos, trajeron el gusto por el tamal desde México y Centroamérica. Al llegar al Perú incorporaron su propia sazón…los sabores de la tierra africana que habían dejado. Magaly Silva, el personaje del libro de Humberto Rodríguez Pastor, “De Tamales y Tamaleras”, dice: “La sazón se lleva internamente, y cuando uno está frente al fogón, la expone”. Bernardo Roca Rey, el famoso chef peruano, dice: “La comunidad negra contribuyó a la cocina criolla costeña dándole sabor, color y ritmo”. Ellos utilizaron salsas bien condimentadas y fuertes para aderezar las carnes, cereales y tubérculos. También incorporaron las mieles y el azúcar en la elaboración de dulces que luego se volvieron típicos desde la época colonial: Como fueron el frijol colado, el zanguito, los picarones y las mazamorras; sin dejarnos de olvidar que el típico Turrón de Doña Pepa fue invención de una negra devota del Señor de los Milagros.
A pesar de que mucho se ha dicho que los esclavos africanos aprovechaban las carnes desechadas por sus amos, como eran las entrañas de los animales; y que las condimentaban para disminuir los sabores fuertes, hay fuentes que aseveran que durante el período virreinal, éstos se consumían sin distinción entre negros, indios, españoles y criollos.
En la Lima de finales del siglo XVIII, el tamal se había convertido en la especialidad de la población negra. En el resto del país, el tamal fue indígena, y tuvo diferentes sazones según las diferentes regiones.
Con los españoles vinieron los pregones: herencia arábiga de ofrecer los productos gritando y cantando. A través de ellos anunciaban el comercio de sus mercancías; primordialmente alimentos. Los vendedores salían siempre a una hora determinada y se trasladaban por toda la ciudad montados sobre burros o mulas, anunciando su paso.
Don Ricardo Palma, nuestro celebre tradicionista, nos contaba que los vendedores reemplazaban a los relojes, pues ya todo el mundo sabía la hora en la que pasaba el vendedor de cierto producto. La tamalera venia a las 10 de la mañana, montada sobre un burro, con sendas canasta a ambos lados (Pancho Fierro la plasmó en una de sus célebres estampas) y cantaba: “Canta el maíz a las diez. De los Andes ha bajado, y en su largo recorrido, encontró su hogar perdido en la hoja de un banano. Una pita de totora lo amarró con compasión, convirtiéndolo en tamal. A pesar del mestizaje y su traje tropical, el maíz fue generoso. Y es el mismo tamalero, cuando pregone otra vez con el nieto del maíz, traerá humitas (tamales dulces o salados hechos con choclo y envueltos en hoja de aquel) a las dos (a esa hora llegaba el humitero)”. (Fuente: Jaime Arianzén).
Don Ricardo Palma nos dice que en la época de la colonia, a la Misa de Gallo le seguía una cena opípara, en la que el tamal era el plato obligado.
Aún después del virreinato, los tamales siguieron perdurando y siendo negociados. En Lima, los esclavos que vivían fuera de las casas de sus amos, trabajaban para conseguir el dinero para pagar su libertad, entre otros oficios, haciendo y vendiendo tamales.
El cronista Carlos Prince, en su libro “Lima Antigua de 1890”, describe el trajín de la tamalera de aquel entonces, y nos trae un nuevo pregón: “¡La tamalera, la tamalera! Suave…a medio y a real, tamal serranito, calientito. Ya se va la tamalera. ¿Quién me llama? Prince decía que los tamales especiales subían de precio según los condimentos que llevaran. Los de huevos y pichones costaban 4 pesos de plata. También, denunció a aquellos que envolvían los tamales en multitud de hojas para engañar al comprador con su tamaño.
Otro pregón famoso publicado por Rosa Mercedes Ayarza en 1939 dice: “¡Se va, se va la tamalera sua; no queda gente en Malambo que no coma mis tamales: blanco, cholo, chino, zambo; cómo serán de especiales. Ya se va la tamalera sua!
Con el tiempo los pregones fueron desapareciendo y surgieron las tamaleras que caminaban por las calles “gritando su mercancía”: ¡Tamalitos suaves..ricos y calientitos…tamales!” A ellas las conocí, y todavía deambulan por allí de vez en cuando. Era toda una tradición oírlas tempranito en la mañana, y verlas cargando sobre su cabeza una canasta grande llena de tamales. Ya tenían sus “caseros” (compradores regulares) que las esperaban ansiosamente para poder empezar su desayuno después de la misa. En la esquina de mi casa había una bodega que vendía tamales, pero que también les guardaba la canasta grande, con la que rellenaban a la que llevaban a vender por el barrio.
Hoy en día, el negocio del tamal se ha vuelto en una suerte de empresa rentable para muchos. Ya las tamaleras no pregonan, ni casi caminan por las calles, sino que se sitúan en las puertas de las panaderías, adonde tienen sus “sitios adquiridos”; y en los cuales nadie más que ellas pueden sentarse, por derecho de “puesta de mano” (¡de cola!). Allí tienen que enfrentarse con la competencia desleal de sus vecinas, empleando toda clase de artimañas, como la de hacer amistad con los clientes, darles “yapas” como bolsitas de salsa de cebolla o un tamal más por el precio de dos, o “fiarle” al “casero” conocido.
La mayor parte de las vendedoras son mujeres, y la venta mayor se hace los fines de semana. Se prepara menor cantidad de aquellos comenzando la semana; los días miércoles y jueves. Casi el 60% de los tamaleros confeccionan su propio producto, y el resto de ellos lo compran a los productores. El 80% vende el tamal en un sitio fijo, y el resto lo hace “callejeando”. Muchos tamaleros vienen desde poblados cercanos como Mala, Chincha y Supe. En Lima hay barrios especializados en la producción del tamal, como son Surco, Huacho y Malambo, en el barrio del Rímac.
La confección del tamal es sumamente laboriosa, y entraña varias etapas para su fabricación: desde la compra de los insumos en el mercado (hoy en día se hace “delivery” de leña, hojas de plátano y carnes, si así lo desean), el lavado y pelado del maíz, la molienda (muchos lo hacen moler en molinos eléctricos), la preparación del aderezo, el cocimiento de las carnes, la preparación de la masa, la limpieza y corte de las hojas de plátano o de maíz (si son humitas saladas o dulces), y la envoltura y amarre. Finalmente, se hierve en grandes ollas que se ponen sobre cocinas de leña o de kerosén. El tamal demora varias horas para cocinar. El tamalero duerme un promedio de 4 o 5 horas por noche, y la mayor parte de ellos, los llamados “artesanales”, trabajan con la familia. Los llamados “empresarios del tamal” cuentan con empleados a los que les pagan una cantidad por ayudar con la confección.
En el Perú hay muchas variedades de tamales, que se diferencian por el tipo de maíz utilizado: ya sea blanco molido con batan, los de harina de maíz molida en molino de piedra, los de mote, o los famosos Juanes de arroz de la selva peruana. Entre los más conocidos están los cajamarquinos, los criollos, los aguachentos de Supe, los serranos, los verdes piuranos con masa sazonada con culantro, los de quinua, y los piuranos hechos con harina de maíz blanco remojado. El tipo de aderezo también varía, así como las formas de amarrar la hoja (que se distingue por el número de vueltas que se le da al junco o a la rafia).
El reparto del tamal se hace por el sistema de “coloque”. En el libro de Humberto Rodríguez Pastor, antes mencionado, Víctor Hugo, el empresario del tamal, dice que él le da una cantidad de tamales a un vendedor a un precio supuesto de 80 céntimos por cada uno, y que el vendedor lo puede revender a casi el doble, quedándose con la ganancia. Eso se convierte en un incentivo para el vendedor. Para el empresario la tarea es dura, ya que además de tener una participación importante en la elaboración del producto, tiene que organizar al personal y llevar cuenta de las entregas y ventas.
Los grandes productores de tamales (8000 a la semana, más o menos), ya se han mecanizado y tienen moledoras propias y cocinas industriales. Ellos les venden a los supermercados y se han convertido en una competencia fuerte para los que producen a menor escala. Un productor como Víctor Hugo, prepara alrededor de 1500 tamales a la semana y en festividades, produce el doble. Magaly Silva, el otro personaje del que hablamos antes, se ha convertido hoy en día en una empresaria del tamal que vende 4 mil tamales semanales, y ha sido premiada por Gastón Acurio, nuestro chef estrella, con el “Ají de Plata”. Ella es, además, una innovadora del tamal y lo rellena, ya sea con pollo, chancho, lomo saltado o pulpa de cangrejo; y la masa la hace de maíz, trigo o carapulcra.
Como dice Humberto Rodríguez Pastor: “Es importante entender que tras cualquier vendedor del tamales hay una historia de vida con mucha angustia, con muchos sinsabores, pero a su vez, hay también la proeza de luchar para vivir”…y darle una esperanza de vida a sus familias.

Lucia Newton de Valdivieso 10 de Febrero del 2010

Los Pregones: Aromas de Mistura




AROMAS DE MISTURA
Parte II



Una mixtura o mistura es una mezcla o incorporación de varias cosas; es una porción compuesta de varios ingredientes.
En Lima, ciudad de los pregones voceados por los cientos de vendedores que se constituyeron en el “reloj hablado” de la ciudad, no dejaron de marcar su recorrido las famosas mistureras, cuya grácil imagen fue realzada y perdurada en la genial acuarela costumbrista de Pancho Fierro y de otros pintores de la época como José Gil de Castro o Vidal y Lazarte, quienes dejaron testimonio de aquella Lima virreinal y de los primeros años de la Republica.
Por casas y calles se paseaban toda clase de mercachifles; y la Plaza Mayor, hasta bien entrada la Republica, era utilizada como mercado. Las mistureras, vendedoras de paquetes hechos con flores, hierbas, especias y frutas olorosas se ubicaban entre calles y portales, ofreciendo coquetamente su mercadería. Después de la misa de la catedral, adonde iba lo más selecto de la sociedad de aquel entonces, vestido con sus más elegantes ropajes, era costumbre de los galanes obsequiar a las damiselas a quienes requerían, con un “pucherito de mistura”. Los precios de aquellos variaban según la calificación que daba la vendedora al comprador; por lo que la calle adonde éstas se ubicaban, solían llamarla “La calle del Peligro”. Don Ricardo Palma, en sus Tradiciones Peruanas nos cuenta que: “Las mistureras se sentaban en la vecindad del Sagrario, lugar bautizado como Cabo de Hornos, porque todo galán que por allí se arriesgara a pasar, a buen librar salía con un cuarto de onza menos en el bolsillo, gastado en un ramo de flores o en un pucherito de mistura.” Si la misturera lo veía adinerado, o si su acompañante le hacía un guiño de complicidad, el precio podía subir en comparación con los que se le cobraban a damas que iban solas o acompañadas de un señor de menor elegancia. Los pucheritos de mistura se vendían a toda hora; en especial los domingos y feriados. Por supuesto que había aquellos que querían impresionar a su pareja, y pagaban hasta una onza de oro…sin reclamar su vuelto. ¡¡¡Los adulones existieron en toda época!!!!
En su artículo “Vida Cotidiana en la Lima Colonial y del siglo XIX” de 1935, Carlos Patrón nos describe de qué estaba formado el tal puchero de flores. “Una margarita, un palillo, uno o dos capulíes; igual número de cerezas y de naranja agria, puesto todo sobre una hoja de plátano del tamaño del cuadro de una octava parte del pliego del papel, amarrada con cintas, salpicados encima de flores de manzanilla, del alhelí amarillo, del jazmín, de las violetas, la aroma, la margarita, y sobre ellas, unas ramas pequeñas de albahaca, del chocho, y a veces, ya una vara de jacinto, y una de junco o de frutilla: todo esto rociado con agua de olor ordinaria, o agua rica, o aguardiente de ámbar. Este puchero valía medio real, pero con los diversos agregados de las naranjitas de Quito, el albaricoque, las manzanitas ambareadas, las frutillas grandes, el níspero, la lúcuma pequeña, los claveles llamados entonces de la Bella Unión, las marimoñas, las mimosas, los tulipanes y demás flores recientes, recrecía su precio hasta dos o tres pesos; que podía llegar a 6 o 7 pesos, cuando tenía la flor nombrada artemisia (flor fragante de la familia de las margaritas), de valor arbitrario.” Estos paquetes eran llamados pucheros, quizás relacionándolos con aquella sopa típica en la que se mezclan diferentes tipos de carnes, legumbres y verduras. Don Ricardo Palma, en su Tradición, La Trenza de sus Cabellos, describe también a los famosos pucheritos, preferencia de las muchachas de la época: “La moda no era lucir constantemente aderezos de rica pedrería, sino flores; y tal moda no podía ser más barata para padres y maridos, que con medio real de plata salían de compromisos y aun sacaban alma del purgatorio. Todas las tardes de verano cruzaban por las calles de Lima varios muchachos, y al pregón de ¡el jazminero! salían las jóvenes a la ventana de reja, y compraban un par de hojas de plátano sobre las que había una porción de jazmines, diamelas, aromas, suches, azahares, flores de chirimoya y otras no menos perfumadas. La limeña de entonces buscaba sus adornos en la naturaleza y no en el arte”. Asimismo, Max Radiguet, un marino viajero francés, acompañante del Mariscal Petit Thouars, quien vivió cinco años en Lima, dice en un acápite de su libro sobre sus impresiones de Lima y la Sociedad Peruana, en 1841: “En la limeña hay a la vez, de la avispa y del colibrí. Tiene, como la primera, un fino corpiño y un dardo que es el epigrama; y del segundo, el color brillante, el vuelo caprichoso y desigual, y de ambos, un amor inmoderado al perfume y a las flores. Se la ve bajo los portales revolotear codiciosamente de un cesto a otro de las mistureras, y a veces le ocurre acosar a un transeúnte de cierta calidad con toda clase de zalamerías y gentilezas para obtener de su generosidad algún ramillete ansiado. (Generalmente las mujeres que actuaban así, se refugiaban en los tan criticados vestidos de “tapadas”) En la época en que la maniobra de que hablamos florecía con un brillo que se va extinguiendo cada día, se llamaba «Calle del Peligro» al sitio ocupado por las ramilleteras. Las sirenas ejercían seducciones tan irresistibles, que los cicateros, para evitar este pasaje peligroso daban vueltas inmensas, o si por aventura se aventuraban, no era sino después de haberse tapado prudentemente las orejas, como los marineros de Ulises en el Mar Tirreno.” Las mistureras eran de raza india o negra. Estas últimas muchas veces eran esclavas libertas, o cautivas que se dedicaban a la venta de sus productos con el fin comprar su libertad a sus patrones. Como dato curioso, vale referir que el agasajo a los visitantes de las casas acomodadas era tal que la señora de la casa los regalaba cuando se despedían, con pastillas de sahumerio, de briscado, mixtura, y les rociaban los pañuelos con perfumes delicados. Durante la época de la procesión del Señor de los Milagros, muchas esclavas liberadas que trabajaban como sirvientas en casas acomodadas, eran enviadas a esta celebración, con vestidos y alhajas prestadas por sus “amas”, llevando sobre un azafate de plata, toda una suerte de fragantes frutas mechadas con clavo de olor, sobre las que incrustaban banderitas, angelitos y flores hechas de canela, ramitos de flores frescas, y pastillas de canela y azúcar envueltas en papeles de colores. Y al son de la procesión, iban repartiendo sus misturas entre los fieles asistentes. Hoy en día las mistureras han desaparecido, pero forman parte del recuerdo de una Lima que se fue… pero que no se ha ido, porque sus tradiciones han quedado para siempre plasmadas en las notas, diarios y comentarios de aquellos que pensaron en preservar y contarnos las costumbres de aquellas épocas.

De Nicomedes Santa Cruz, nuestro famoso decimista, transcribo: “El Romance y Pregón de la Misturera”, escrito el 19 de Octubre de 1962:
Tras una pequeña mesa, con un cajón por asiento, estaba la misturera sus pucheritos vendiendo “¡Pucheritos de mistura, violetas y pensamientos…! Pucheritos de mistura! ¡De jazmines los pucheros!”
Se ubicó la misturera, -allá por 1700- en el Portal de Escribanos y Portal de Botoneros. (Ostentan hoy los portales enlosado pavimento, pero del tiempo que os hablo, empedrado estaba el suelo); Formando tapiz policromo los desmenuzados pétalos daban florido alfombrado, haciendo alegre el paseo. “¡Pucheritos de mistura, violetas y pensamientos, Pucheritos de mistura! ¡De Jazmines los pucheros…!
Separan la flor del tallo, cortándola por el cuello. Es la flor de una cabeza guillotinada del cuerpo. Luego de esta operación-arrojando el tallo acéfalo-aquellas flores surtidas son lo que llaman “puchero”. En un vaso de papel, hecho por hábiles dedos, acomodan los jazmines, violetas y pensamientos. “¡Pucheritos de mistura que tienen variable precio! ¡Baratos, sola la dama! ¡Caros sin compañero!
El regalo de mistura fue indispensable en tal tiempo. Más de un galán a su dama consiguió con tal obsequio. El amigo de la familia-como el que deseaba serlo-recurriendo a la mistura-pasó de puertas adentro…. “Pucheritos de mistura que allá por el setecientos, fueron la expresión galante de tan romántico tiempo…”

Lucia Newton de Valdivieso 2 de Marzo de 2010