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miércoles, 30 de mayo de 2018

Por el Viejo Jirón de la Unión






POR EL VIEJO JIRÓN DE LA UNIÓN 
Por Ana Maria Malachowski

A mediados de la década del diez, Lima era una pequeña aldea. Una aldea polvorienta y somnolienta. Era una Lima confidencial y silenciosa; una Lima donde todos se conocían y una Lima gentil pero no melosa. Bastaba un saludo o tan solo una frase para citarse nada más al encontrarse. Una Lima para reunir a dos amigos a tomar "cualquier cosa" y cualquier cosa ya sabía el camarero qué significaba. Para uno llevaba un pisco ligeramente teñido del color del vermouth con un toque de amargo y para el otro, un pisco coloreado un tanto aromático. Y aromático era el perfume de las flores cuando a la hora del meridiano aparecían andando algunas floristas llevando en sus canastas grandes y coloridos jazmines y es que en esas épocas no había más ambulantes que aquellas floristas y unas cuantas fruteras vendiendo sus paltas, paltas que eran todo un lujo traídas desde la aún lejana Chanchamayo.

El jirón de la Unión es tan antiguo como la Fundación de Lima. Antes de llamarse así, cada una de sus once cuadras llevaba un nombre diferente, de acuerdo a algún negocio o dependencia que allí se encontraba. Puente de Piedra, Palacio, Portal de Escribanos, Mercaderes, Espaderos, La Merced, Baquíjano, Boza, San Juan de Dios, Belén y Juan Simón. Sin embargo, donde reinaba el encanto y el deleite; los galanes y el glamour, estaba entre la Plaza de Armas y la antigua Plazuela de la Micheo que dio paso, años más tarde, a la Plaza San Martín.

Eran los tiempos de la Belle Époque, eran los tiempos de los cambios de gustos y colores. Eran los tiempos del champagne y del ajenjo; del caviar y de los champiñones. Eran los tiempos del Palais Concert y de la Aurora Literaria y eran los tiempos de las mujeres bonitas que llamaban la atención con sus trajes ceñidos, sus sombreros de ala ancha, sus inmensas plumas o flores y tules o gasas. Eran los tiempos de los políticos y de los no tan políticos; de los tenorios y de los dandis que aparecían al repiquetear de las doce campanadas de La Merced. Siempre elegantes y siempre llamativos y llamativos eran los llamados "huachafos" que, al caer el sol, salían a la luz perfumados de su aroma favorito, la Violeta de Parma; y de tonos rosas y violetas eran, en ese distinguido jirón, algunas de las vistosas vitrinas. Y a las seis de la tarde, las damas asistentes a la vermouth del Teatro Excelsior, recibían sus 'boutonnieres' de flores. Por ese paseo nacieron y murieron muchos amores; hubo muchos encuentros y también desencuentros. Una famosa cigarrería era el mentidero de moda allí, junto a la calle Mantas, donde escritores y periodistas entraban y salían presurosos de Mundial y en Mercaderes estaba la peluquería de un tal Guillén donde los señores, recién rasurados, salían a las puertas para que las señoras los vieran luciendo sus grandes bigotes. La gente se saludaba quitándose el sombrero y sin sombrero podían acabar algunos si se refrescaban y estimulaban con un trago de más en las Gotas Amargas y la redacción de Variedades estaba a unos cuantos pasos nada más y era Clemente Palma, su director, que acompañado de un cigarrillo Zuzini en la mano al lado del estupendo fotógrafo, don Manuel Moral, saludaba de una manera no muy efusiva a don José Pardo y Barreda que a inicios del siglo, siendo Presidente de la República, al lado de su alto y delgado edecán y muy elegantemente trajeado de negro con sus finas corbatas parisinas, caminaba tranquilo por sus angostas veredas recibiendo el saludo amable de unos y no tan amable de otros. Eran otras épocas. Pero dejando atrás a Clemente con sus grandes y gruesos bigotes y a don Manuel con sus poses de don Juan; sobre la calle Espaderos, se erguía, en la puerta del Broggi y Dora, la figura alta, carismática y galante del director de la Opinión Nacional, don Andrés Aramburú, siempre de levita, siempre con un ramo de violetas en la solapa y siempre con escarpines. Aramburú podía conversar largo rato con algunos políticos, acompañados de la especialidad de la casa: un bitter batido o un cocktail de fresas.

Eran otros tiempos donde sobraba el tiempo. Pero el tiempo pasó y también pasó la Belle Époque y pasaron Valdelomar y Mariátegui; Vallejo y Pradita. Pasaron el Palais Concert y la Aurora; el Broggi y Dora y las Gotas Amargas. Pasó el Jardín de Estrasburgo y los valses de las sonrosadas damas vienesas. Muchos se fueron y otros llegaron como llegaron los treinta y las afinadas siluetas; los cuarenta con sus grandes Cadillacs y los lujosos Lincoln que recorrían el viejo jirón y llegaron los cincuenta. Los cincuenta y, sobre sus rieles, los tranvías traqueteando lento por las angostas calles con su conductor vestido de uniforme azul y kepi y azules eran tal vez, los antiguos colectivos, pesados y parsimoniosos. Eran antiguos pero no tanto como el antiguo jirón con sus casonas coloridas y sus hermosos balcones incrustados como joyas sobre sus fachadas. Lima era aún pequeña, pacata y silenciosa. Por aquellos días, los caballeros andaban muy elegantes con sus sombreros y sus corbatas y es que en esa época usaban tirantes y ligas para sostener sus calcetines de seda y si el calor los sofocaba, rara vez se despojaban de sus chaquetas pues era de mala educación andar con solo la camisa y ni hablar de mostrar la camiseta. A jironear también iban los jóvenes galanes a piropear y mirar a las mujeres en sus compras con sus trajes elegantes, sus sombreros y sus guantes. Allí, en el jirón de la Unión, quedaban las mejores tiendas y las mejores joyerías. La antigua Casa Welsch, fundada en los años que Castilla gobernaba. La Casa Crevani donde los ricos compraban sus finas corbatas y los cueros de Pedro P. Díaz.

Unos cuantos mendigos asomaban por los atrios de la Catedral. En el jirón se podía sentir el andar de don Pedro Cordero y Velarde o escuchar el musical silbato del guardia Nonone. Algunos ambulantes ofrecían su mani o sus habas y las fruteras que, con sus canastas al brazo, recorrían las calles con sus voces que, como un eco, retumbaban en ciertas esquinas donde el sol ardiente del verano calentaba: a sol la manzana, a sol a sol. "Qué lleva casero", le preguntaban a Pedro Beltrán en su ruta hacia La Prensa donde Ron lo esperaba para abrirle las puertas. Pero también estaban las tiendas de papelería fina y los almacenes de finas telas importadas. Y las confiterías repletas a la hora del té y los restaurantes familiares como el Pedrín o el Raimondi. Y en todas partes habían los sitios de paso, para de paso y bajo la sombra de un cálido toldo beber un bitter de coca y batir los dados como en el Cuneo y Bandirola; o beber los mañaneros expressos en el Café Viena. Y cómo olvidar de los mejores y más sabrosos helados de vainilla con espeso sirope de chocolate en la Botica Francesa. Lima era pequeña como en la década del veinte. No había smog ni tráfico endemoniado ni bocinas ni autos veloces pero sí un auto negro que pasaba raudo y veloz, era el de Esparza Zañartu. Recorrer el viejo jirón de la Unión era encantador, era un placer, era un deleite y es que era el centro de la ciudad. 
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